Diego Cocuzza : Cromañón en primera persona
El 30 de diciembre de 2004 hacía
mucho calor en Buenos Aires. Había el ánimo festivo, casi exacerbado. La
Argentina había pasado épocas de profundas crisis. Aún había resabios del caos
del 2001 y en el ambiente se sentía la
necesidad de festejo. El rock nacional barrial estaba en pleno auge y esa noche
tocaba la banda más importante del under: “Callejeros”. El grupo liderado por
Patricio Fontanet cerraba el año con un recital en el boliche “República de
Cromañón”, ubicado en el barrio porteño de Once. Pero la fiesta se convirtió en
tragedia al incendiarse el edificio a causa de una candela de 3 tiros que
impactó en la media sombra que colgaba del techo. Ese día la ciudad colapsó, el
sonido de las ambulancias, patrullas y camiones de bomberos resonaron por todas
partes. Desde las 22:30, la desesperación reinó. 194 fueron las víctimas
fatales de aquella noche.
Diego Cocuzza, sobreviviente de
la tragedia, me recibe en su departamento de Villa Crespo, me sirve una copa de
vino, bebida que él define como la ”preferida para una buena charla” y conversamos sobre aquella noche.
Sabe que Cromañón lo cambió y lo
marcó, pero no sabe definir exactamente cómo porque no recuerda cómo era él
antes. Cuenta que forjó “un montón de amistades y personas que conocí a raíz de
que pasó Cromañón y que no las hubiera conocido si no hubiera pasado eso”.
Aquel jueves se levantó tarde de
la cama. Llegada la hora del recital fue con dos amigas, Lau y Mali, a quienes
pasó a buscar con su auto. Estacionó en Rivadavia y Jean Jaures y fueron al Mc
Donald’s. Después de comer algo, se quedaron tomando vino en cartón con un gran
grupo de seguidores de la banda a quienes conoció a través de un foro. En
aquella época era furor el “Uvita Fiesta”, Diego
reconoce que, aunque él no era de tomar alcohol, esa noche se tomó un litro de esa
bebida. Agradece que no le haya hecho efecto porque asegura que si no “no
estaríamos charlando” en este momento.
Al boliche ingresó en el intervalo entre las dos bandas, mientras sonaban temas
de los redondos “y ahí ya empezaron a
tirar petardos. Entonces, antes de que salga la banda a tocar salió (Omar) Chabán
a pedir que no prendan bengalas y demás –de una manera muy agresiva” según
su relato, eso enardeció al público y por ello “salió Pato, el cantante de Callejeros, a pedir por él” que no se
prenda pirotecnia.
Todo era fiesta, gritos, baile y
alegría. Cuando salió “Callejeros” la gente explotó en euforia y, apenas
empezado el show el público comenzó a encender bengalas. Esto era muy común en
aquella época. La pirotecnia era un ritual que el rock heredó del fútbol. Nadie
creía posible lo que instantes después sucedió.
“Cocu” se sirve más vino, llena
mi copa y continúa su relato: “durante la
primera canción alguien del público prendió una candela de 3 tiros que tira
lucecitas para arriba, una de esas pegó contra una media sombra que había en el
lugar, sobre la que colgaban los paneles
acústicos” Hace énfasis en la mala colocación de los mismos porque dice
que “si hubieran estado bien colocados,
no pasaba nada”.
Explica que la colocación precaria fue adrede por un tema de ahorro por
parte del gerenciador del lugar, Omar Chabán, ya que suspenderlos con la media
sombra y no atornillarlos al techo como correspondía, le permitiría llevarse
los paneles a otro lugar en caso del cese del alquiler de Cromañón.
“Al haber estado mal colocados, se prendió la media sombra y la media
sombra encendió esos paneles. Y esos son los que después tiraron ese veneno,
que hacían que no se pudiera respirar y que terminó matando a la gente. Nadie
murió quemado, todos murieron por inhalar ese veneno”
Cuando ocurrió la tragedia “Cocu”
tenía 19 años y estaba cursando la
carrera de despachante de aduana, no por gusto, si no por posibilidades
laborales. Luego de esa noche decidió no continuar cursando ya que no quería “hacer cosas que no tenía ganas de hacer, porque
me podía morir mañana”. Su idea era la de “disfrutar de las cosas que
hacía” y no hacer nada por obligación. Reconoce que esa no era una buena manera
de vivir porque no le permitía proyectarse a futuro.
Si bien tenía resquemores al
respecto, acudió a terapia durante un tiempo. Con ello y la ayuda de amigos y
familiares, pudo superar el mal trago. Aún tiene marcas de quemaduras en su
cuerpo. Cambió la tristeza por humor: dice que le encanta el humor negro y
poder “joder con el tema” porque así
siente que lo sana y que, además, favorece a que se siga hablando del tema.
A sus treinta y cinco años, aún escucha a
“Callejeros” y a las bandas que formó posteriormente el vocalista, Patricio
Fontanet. Tiene una agencia de marketing y redes, pero antes de ser freelancer trabajó
en todo rubro, incluso hasta tuvo un bar. Hincha fanático de Boca Jrs., tiene
sus paredes decoradas con cuadros alusivos a Riquelme, su ídolo futbolístico.
16 años luego de la tragedia, es
miembro activo en la agrupación “No nos cuenten Cromañon” cuya premisa es que
no suceda nuevamente una catástrofe evitable de tamaña magnitud. Con solo googlearlo,
se lo puede ver en diversas entrevistas,
manifestaciones y actos en apoyo a la banda porque sostiene que los integrantes
del conjunto musical “son el eslabón más chico en toda una gran y perversa
cadena de corrupción”.
Junto a la agrupación, se dedica
a dar charlas en colegios e instituciones para concientizar sobre el tema y
para lograr que cada vez que haya chicos que salgan a divertirse y a disfrutar
de un show vuelvan sanos y salvos a sus casas.
Participa activamente en la
organización de cada acto conmemorativo, que se realiza todos los años el 30 de
diciembre en el Obelisco. La agrupación vende remeras para recaudar fondos y
así poder llevar a cabo el recordatorio en el cual tocan y ayudan diversas bandas amigas de
Callejeros.
En el barrio de Once aún hay una atmósfera amarga, todavía cuelgan de los
cables de electricidad los pares de zapatillas de lona, emblema de la tribu
rockera. Hay pintadas conmemorativas y solo sobrevive una suerte de santuario
con formato de paseo peatonal donde hay fotos de los fallecidos y dedicatorias
de sus seres queridos.
Parafraseando la emblemática
frase de la banda, se lee en una pared “Por los sueños que se hundieron allá” para
tener siempre presente a quienes ya no están.
Nerina Verriotis
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